James Gunn presenta un «Superman» más raro que aburrido: peculiar, sentimental y con un corazón fuera de lo común en el género.
James Gunn imprime su sello distintivo en la nueva entrega de «Superman», alejándose del tono solemne de versiones anteriores para ofrecer una visión más excéntrica y emocional del superhéroe. Interpretado por David Corenswet, el Hombre de Acero ya no necesita una historia de origen para captar la atención. En su lugar, se rodea de personajes poco convencionales como Metamorpho y un superperro, Krypto, que aportan ligereza y rareza a la trama. Gunn, conocido por su gusto por los «bichos raros», logra que incluso Superman parezca un forastero en su propio mundo.
No todo funciona: los seguidores del estilo clásico pueden encontrarla demasiado caótica, pero el enfoque más relajado y humano se siente como una bocanada de aire fresco. La química entre Corenswet y Rachel Brosnahan (Lois Lane) destaca entre un reparto sólido que incluye a Nicholas Hoult como Luthor. Aunque la cinta pierde ritmo en algunos tramos, especialmente cuando Lois está ausente, recupera fuerza con el dinamismo de personajes como Mister Terrific y Linterna Verde.
Gunn apuesta por un Superman menos divino y más terrenal, más inmigrante que salvador, con momentos tan ridículos como entrañables. Esta no es una epopeya grandilocuente ni un drama cósmico, sino una historia de rarezas, ternura y humanidad. Y eso, en el agotado universo de los superhéroes, es más que bienvenido.











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