El erizo de mar, un marisco invernal muy apreciado, enfrenta sobreexplotación y escasez. Su captura ahora requiere regulaciones más estrictas para garantizar su sostenibilidad.
En el pasado, los erizos de mar eran un producto accesible en Asturias, donde se vendían a bajo precio en las calles. Hoy, su escasez ha elevado su valor hasta convertirlo en un manjar exclusivo. Esta creciente demanda no es nueva, pues restos arqueológicos indican su consumo desde el Neolítico, y civilizaciones como la griega y la romana ya lo consideraban un alimento exquisito.
El aumento de su popularidad en la gastronomía española, especialmente desde finales de los años 90, ha llevado a una sobreexplotación del recurso. En Asturias, la pesca del erizo quedó prohibida en 2016 debido a su alarmante disminución. Sin embargo, en 2024 se permitió una pesca experimental, y este año, en 2025, se abrirá nuevamente la veda durante 15 días, con un límite de 15 toneladas para 89 mariscadores. En Galicia, la regulación es más estricta y requiere pertenecer a una Cofradía de Pescadores con un plan de explotación.
El cambio climático también amenaza la especie, reduciendo la disponibilidad de algas, su principal fuente de alimento, y afectando la formación de sus conchas debido a la acidificación del agua. A pesar de ello, iniciativas como la repoblación con pequeños erizos buscan garantizar su futuro. Mientras tanto, su consumo sigue en auge, con eventos gastronómicos como La Garoinada en Cataluña o la Erizada en Cádiz.
El debate sobre la mejor forma de consumirlo sigue abierto. Para algunos chefs, como Nacho Manzano, lo ideal es comerlos crudos para apreciar su dulzor y yodo natural, mientras que otros, como Albert Adrià, los combinan con salsas y guisos. Más allá de su preparación, el desafío actual es encontrar un equilibrio entre la creciente demanda y la sostenibilidad, garantizando que las futuras generaciones puedan seguir disfrutando de este marisco único.







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