El diablo viste a la moda 2 regresa con una historia cargada de clichés, conflictos previsibles y brillo superficial, sin recuperar la fuerza de la película original.
El diablo viste a la moda 2 retoma la historia de Andy Sachs dos décadas después de su salida de la revista Runway, ahora convertida en una reconocida reportera de Nueva York que vuelve a la publicación para intentar fortalecer su imagen en medio de una crisis interna. La secuela, dirigida por David Frankel, parte de una premisa que busca actualizar el universo de la moda, pero desarrolla una narración marcada por lugares comunes, situaciones previsibles y conflictos que no logran despertar verdadero interés.
La película vuelve a girar en torno a la figura de Miranda Priestly, quien intenta sostener su influencia en una industria cambiante mientras enfrenta tensiones empresariales, recortes y nuevas estrategias editoriales. Sin embargo, el guion de Aline Brosh McKenna construye una historia recargada de subtramas que se dispersan entre discusiones sobre poder, sostenibilidad y empoderamiento, sin conseguir profundidad dramática ni frescura. Aunque Meryl Streep mantiene presencia en pantalla y Anne Hathaway cumple con corrección, el desarrollo de los personajes resulta limitado y la película se apoya más en la apariencia que en una evolución convincente.
En el aspecto técnico, la producción destaca por su diseño de vestuario, la ambientación de interiores y la fotografía de Florian Ballhaus, que combina escenarios urbanos con una estética elegante. Aun así, esos elementos terminan funcionando como un envoltorio atractivo para una secuela que, según la crítica expuesta, no logra superar la superficialidad ni justificar plenamente su regreso. Con una duración de una hora y 59 minutos, la cinta deja la impresión de ser una continuación vistosa, pero emocionalmente vacía.











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